Rosa, una vida luchando (2)

-Perdón, me equivoqué al marcar -contestó Rosa.

Rosa era pobre, pero para ella era indigno ganarse el dinero de esa forma. Rompió esa tarjeta de visita y la tiró al lavabo llorando. Escuchó a su marido en la habitación y fue a su lado, se acurrucó junto a él y se quedó dormida. Cuando despertó estaban dando un concurso en la televisión, era El precio justo. Le hizo gracia, en el concurso ganaban mucho dinero y objetos materiales, y ella no tenía para comer.

Unos días después tenía su marido una prueba en el Hospital del Mar, un hospital en el Paseo Marítimo de Barcelona.
El médico que les atendió era muy amable, les explicó claramente en qué consistía la prueba, era para saber el alcance de la lesión en la cabeza.

También les explicó cuál era el problema y les dio una buena noticia: su problema tenía  solución, pero solo un médico lo podía conseguir, y ese médico estaba en Polonia, era el doctor Zbigniew Religa.

El viaje, la operación y la estancia serían casi 10 millones de pesetas, y ella no tenía nada.

Un día, escuchando la radio, descubrió un programa que se llamaba Encarna de noche, y decidió pedir ayuda. Fue laborioso, pero al final le consiguieron el dinero y podría ser operado.

Llegado el día, cogían un avión a Polonia. Era un día soleado, tardaron lo normal en despegar, el viaje empezó muy tranquilo, pero cuando llevaban una hora y media de viaje, sucedió todo.

Tres hombres se levantaron y, con armas en la mano, se apoderaron del avión. El jefe de los terroristas cogió el micrófono y se dirigió a los pasajeros:

-El avión cambia de rumbo, no iréis a Polonia. Su destino ahora es Israel.

Rosa no hacía más que llorar, por miedo y por la mala suerte. Cuando el avión aterrizó en Israel, empezaron las negociaciones y los terroristas estaban muy nerviosos, igual que los pasajeros.

De pronto un fogonazo y un humo muy espeso se apoderó del avión. No se veía nada, solo se oía y se escuchaban muchos disparos. Después de unos minutos, todo acabó. Cuando se fue el humo, los tres terroristas estaban muertos en los pasillos del avión y Juan, el marido de Rosa, tenía un disparo en el pecho. Estaba muerto. Los sacaron del avión y se los llevaron a un apartado del aeropuerto, era el Aeropuerto Internacional Ben Gurión.

Cuando consiguieron calmar a Rosa le explicaron que eso no pasó, nadie se podía enterar. Solo murieron los tres terroristas, nadie más murió. A cambio, ella no se tendría que preocupar de nada en su vida, tendría la vida resuelta a cambio de su silencio. Si hablaba, le insinuaron que podría suceder un accidente.

Después de escuchar noticias en todas las televisiones, estaba segura de que lo mejor era callar para siempre y enterrar a su marido en la intimidad ella sola, y es lo que hizo. La trajeron a ella y las cenizas de su marido a Barcelona y pudo al fin darle descanso eterno.

Efectivamente, no tendría necesidad nunca más: los ingresos eran regulares y grandes y a los que le ayudaron, los de la radio, se les explicó que murió en la operación.

Sola, joven, viuda y sin problemas económicos, ¿que le deparaba el futuro?

Después de un año haciendo su vida normal, un día, mientras se duchaba enjabonándose el pecho, algo la inquietó. Tenía un pequeño bulto en la parte izquierda de la mama derecha. Pidió hora urgente con su ginecólogo, le hicieron una mamografía, y cuando tuvo los resultados fue a visita una vez más. El ginecólogo se sentó frente a ella y fue claro, tenían que hacer una biopsia para tenerlo todo claro. Sería al día siguiente por la mañana.

Llegó al hospital muy asustada, la recibió el médico, que la hizo entrar en su despacho y le explicó cómo sería todo. El médico era un hombre de unos 40 años, moreno y atractivo, con unos dientes blanquinosos.

Entró en el quirófano donde le harían la prueba. Rosa estaba súper nerviosa, pero Andrés, que es como se llamaba el médico cirujano, consiguió tranquilizarla. Media hora después salía del quirófano y al día siguiente volvía a ver los resultados.

Igual que la otra vez, el médico estaba frente a ella, pero el ambiente en ese despacho era diferente. Andrés se lo dijo claramente:

-Tienes un tumor, pero por suerte no es maligno. De todas maneras, tendremos que hacer una pequeña operación para sacarlo y limpiar todo el pecho.

Rosa empezó a llorar, por fin una buena noticia en su vida. La pequeña operación fue estupendamente, y todo quedo perfecto. Fue Andrés el que le explicó todo como fue.

Los días que estuvo en el hospital cada día fue a visitarla Andrés, las confidencias y pequeños secretos que se contaron fueron muchos.

Rosa estaba contenta, después de mucho tiempo, cuando salió del hospital, empezó a salir a tomar algo, a cines y teatros con Andrés.

Otra vez un 18 de junio pasó todo, ella lo esperaba para ir a cenar y darle la sorpresa de su vida: estaba embarazada. Él se retrasaba, cosa inusual en él. Después de más de una hora, se decidió a llamar al hospital donde trabajaba. La ayudante de él cogió el teléfono.

-¿Sí, dígame?

-Quisiera hablar con el doctor Andrés por favor, soy Rosa.

La ayudante se puso a llorar y le preguntó:

-¿No se ha enterado aún usted?

¿De qué se tiene que enterar Rosa? ¿Por qué llora la secretaria? ¿Qué ha pasado? Estas preguntas y más en el siguiente capítulo de Rosa, una vida luchando.

2020-06-29T19:44:37+01:00 29/06/2020 | 19:44|Categories: Columnes d'opinió, Los lunes al sol|
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