Misterio en la cafetería

2021-05-24T16:44:11+01:0024/05/2021|

Como cada mañana desde hace cinco años, a las seis de la mañana, Isidro se dirigió hacia la cafetería “El destino”. Cada día a las 6:15h subía la persiana y, una vez dentro, la bajaba hasta la mitad. Tenía que organizar todo para abrir a las 6:30h.

Encendió algunas luces y puso en marcha toda la maquinaria para que cuando llegara el primer cliente estuviera todo preparado. Llegó el camión de reparto y le entregó la caja del día, unas piezas de bollería y pan, bastante pan. Muchos trabajadores de los alrededores venían a comerse un bocadillo cada día en la pausa del desayuno. La cafetera se calentaba bastante rápida, cuando ya estaba caliente se preparaba su primer café del día. El olor y aroma de ese café era algo indescriptible, le encantaba, y lo saboreaba con placer sobre todo los días de frío. Con la persiana ya subida esperaba al primer cliente que no era otro que Andrés, un asiduo que se marchaba cada día con el coche a trabajar, pero antes se tenía que tomar su gasolina, como él decía a Isidro.

–Isidro, prepara mi gasolina –y él le preparaba un café doble y un pequeño bocadillo de jamón ibérico. Y como cada día, se jugaba unas monedas en las máquinas tragaperras mientras Isidro le preparaba lo suyo. Casi nunca tenía suerte y ese día no fue diferente. Al final sacó la cartera e introdujo un billete de cinco euros para intentar buscar la suerte.

–Andrés ya tienes tu gasolina preparada –le comentó Isidro y él dejo la máquina y se subió a un taburete de la barra para tomar el tentempié de la mañana.

Estuvieron cinco minutos charlando sobre la vida y lo difícil que era mantener el negocio. La respuesta de Isidro fue:

–Un día me tocará la primitiva y ese día podré dejar de trabajar y dedicarme a mi esposa con fibromialgia desde hace bastante tiempo.

–Ojalá tengamos esa suerte algún día —fue la respuesta de Andrés. Le dejó cinco euros por la consumición y se marchó hacia su coche como cada día.

El segundo cliente normalmente solía tardar un poco más, e Isidro se preparaba su segundo café y miraba que todo el local estuviera en orden mientras se lo bebía. Al pasar junto a las máquinas tragaperras vio unos papeles en el suelo. Le extrañó que estuvieran en el suelo, los recogió y se sorprendió, eran dos boletos para la primitiva de esa noche y el único cliente que entro y jugó a las máquinas fue Andrés. Las guardaría y se las daría al día siguiente.

El día fue como cualquier otro, flojo, a duras penas podía cubrir gastos. Hizo caja y el total fueron menos de 150 euros, a pesar de estar desde las seis de la mañana hasta las siete de la tarde. Luego tocaba la limpieza, a esa hora venía su mujer y le ayudaba a limpiar si se encontraba bien. Ese día quería hacer un poco de inventario para ver el género que le quedaba. Se alargó el día de trabajo y pasadas las diez acababa todo. Se puso una pequeña caña y se sentó en una de las mesas junto a su mujer para ver la televisión antes de marcharse para casa. Justo en el momento que sorteaban la lotería primitiva empezaron a salir los números de la suerte.

–2, 5, 7, 20, 25, 48. Complementario 22, reintegro, 8.

Isidro miró su boleto como cada semana y nada, ni el reintegro. Se acordó del boleto que encontró y fue a mirarlo por curiosidad. Dos, cinco, siete, veinte. Cuatro de cuatro. Tragó saliva y continuó: veinticinco. El corazón se le disparó. Cinco de cinco. Con temblor en las manos miró el último número: cuarenta y ocho. ¡Dios mío, tenía en sus manos un billete de seis aciertos! Eso era mucho dinero, pero no era suyo. Se lo comentó a la mujer, que se encontró el boleto delante de las máquinas y solo entró un cliente, tenía que devolvérselo. Llegaron a la casa y se metieron en la cama hablando bastante sobre si devolverlo a su dueño o quedárselo. Si se lo quedaban, podrían pagar sus deudas, al fin de cuentas el boleto no tiene nombre y sus deudas eran muy grandes. No pudo dormir en toda la noche pensando, su conciencia no le dejaba en paz.

Antes de la hora se levantó y se marchó hacia la cafetería. Siguió su rutina como cada día, llegó el pan y la bollería y le dejó la factura para pagar el fin de semana, 60 euros, la mitad de la recaudación del día. Y cada día llegarían nuevas facturas. Se sentó mirando el infinito y tomando su primer café. Hoy no podía saborearlo, no estaba tranquilo, todavía no sabía qué hacer con el boleto de seis aciertos. Su dueño estaba a punto de llegar, empezó a escuchar pasos entrando en el bar. Se giró al mismo momento que escuchó:

–Isidro, prepara mi gasolina –Isidro se fue a la cocina y le preparó el bocadillo y el café doble. Cuando se sentó Andrés para desayunar después de jugar a las máquinas tragaperras, lo miró fijamente y le preguntó:

–¿Tú que harías con mucho dinero si te tocara?

–Me iría de viaje y dejaría de trabajar –fue la respuesta. Isidro tragó saliva y le preguntó si había perdido algo. La respuesta fue clara.

–Yo perdí la vergüenza, pero de eso hace muchos años

Isidro insistió.

–¿No perdiste ayer un boleto de primitiva? –preguntó. Andrés fue tajante.

–No, imposible, no juego a nada, solo las monedas que hecho por la mañana en la máquina, nada más de juegos.

Entonces Isidro le explicó que se encontró el boleto justo delante de la máquina y que el único cliente que entró era él por lo tanto tenía que ser suyo.

–Eres muy honrado y yo podría aprovecharme de tu buena acción, pero no, no es mío. ¿Me lo puedes enseñar? Nunca vi un boleto premiado con millones dijo Andrés.

Isidro cogió el boleto y se lo enseñó. Andrés se quedó pálido, esos números le sonaban, y tanto que le sonaban, y se lo explicó a Isidro.

–Esos números son los que jugaba siempre el anterior propietario de este local. 2, 5, 7, era la edad de sus hijos cuando cogió este negocio, 20 era la edad de su mujer cuando se casó y 25 la suya y 48 era el número del local.

–¿Dónde vive esa persona? –preguntó Isidro para entregarle el boleto.

–Jajajajajajajajaja –fue la respuesta de Andrés– esa persona no vive, murió hace 10 años de un infarto delante de las máquinas tragaperras jugándose los últimos euros que tenía para intentar pagar las deudas. Lo encontraron muerto justo delante y con un boleto de primitiva en la mano y ese boleto tenía esos números. Muchos años él jugó los números, pero nunca le tocó nada.

Isidro miró el boleto y comprobó que la fecha era de ayer. En el banco dieron conformidad al pago, nunca nadie reclamó nada, nunca nadie le preguntó nada, solo alguna vez las máquinas tragaperras se encendían solas y de vez en cuando daban alguna moneda.

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