Avaricia de élite

2021-07-05T21:24:38+01:00 05/07/2021|

Pedro, durante su juventud y hasta los 40 años, fue un deportista de élite. Ganó muchos premios en su especialidad, lo que conlleva que también ganó bastante dinero. Con 25 años, se casó con una chica que quería ser modelo, una chica rubia, alta y de físico espectacular. A los tres años de casados tuvieron una niña, que al poco de nacer fue diagnosticada con Ataxia en su nivel más alto. La niña nunca caminaría sola ni tan siquiera podría coordinar movimientos, le esperaba una silla de ruedas para siempre.

Pedro, desde el día del nacimiento, ya no volvió a ser el deportista de élite que había sido y su pareja, Sonia, cada día era más fría con él y distante con la niña. Un día habló con él.

—Yo no me casé para ser la cuidadora de una niña vegetal, yo me casé para asistir a fiestas y eventos y ser millonaria y tú ya no aportas nada de eso a nuestro matrimonio. Eres un deportista acabado, ya nadie te llama para entrevistas ni para revistas, y yo no puedo perder la juventud que me queda junto a ti, un perdedor, yo solo juego a caballo ganador, por lo tanto lo mejor es que me marche de esta casa y me busque nuevos horizontes —esta fue la última vez que la vio en persona. Se quedó él solo, con su hija. A veces la veía en televisión o revistas pregonando a los cuatro vientos que estaba libre para el amor, pero nunca mencionó a su hija, mucha gente ni sabía que existía.

Desde el día que ella se marchó, Pedro cada día cogía a su hija y con una cesta en la bicicleta salía a hacer ruta, también se la cargaba con una mochila a las espaldas y subían por las montañas del pueblo. Todo el mundo lo reconocía por la calle por su nombre, no por ser un deportista; valoraban al padre, el atleta ya se olvidó hace mucho tiempo. A la madre no la conocían en el pueblo, pues cuando llegaron solo eran ellos dos, no sabía la gente si estaba casado, viudo o separado.

Un día, Pedro cogió la silla de la espalda con su hija. Para hacer ejercicio por la montaña llevaba algún bocadillo y la comida preparada para la niña, pasarían el día en la montaña los dos. Cuando llegó la hora de comer pararon para descansar, comieron y se tumbaron los dos a la sombra un ratito. Volvieron a emprender camino y seguir subiendo. En una de las subidas, Pedro notó que le faltaba el aire y casi no podía continuar. Forzó hasta llegar a un recodo del camino bajo unos frondosos árboles y paró. Descargó la silla de la niña y se tumbó junto a ella. La niña miraba con desgana, su pequeña cabeza no podía entender que algo fuera mal. Pedro notó una presión fuerte en el pecho, le costaba respirar, pero tenía que intentar reponerse y bajar al pueblo, estaban muy lejos para que nadie les viera.

Media hora después, Pedro dejó de respirar. Su corazón se paró. Las pocas fuerzas que le quedaban antes de dejar de vivir las dedicó a intentar que la niña estuviera a resguardo del sol y pudiera estar protegida. Pasadas unas horas, la niña estaba intranquila, no podía hablar ni gritar, pero las lágrimas y el llanto sí que las tenía. Se acercaba la noche y nadie había pasado por el lugar.

Al día siguiente, un buscador de plantas medicinales se encontró el macabro panorama. Un hombre fallecido y una niña inerte total que casi no podía respirar tampoco. Tuvo que dejar los cuerpos tal y como estaban y bajar a pedir ayuda, desde este lugar los móviles no tenían cobertura. Cuando al fin encontró a otro lugareño le pidió que avisara a la policía y a los médicos, que él subiría otra vez al lugar y encendería una hoguera para que los localizaran. Diez minutos después llegaban la policía y los médicos. Por él, no se podía hacer nada ya y a la niña desgraciadamente no le daban esperanza de vida. Fue trasladada urgentemente al hospital más cercano y metida en la UVI. Los pronósticos de los doctores se cumplieron 48 horas después, la niña perdió la vida también.

Alguien pudo avisar a Sonia para que se acercara al pueblo. Ella se acercó de mala gana, pero la cabeza empezó a trabajar. Él tenía alguna propiedad y seguro que también tendría algo de dinero ahorrado. Fantástico, los enterraría y luego se haría cargo de la herencia. Se quedó en el pueblo dos meses, el tiempo mínimo legal para poder abrirlo. Durante este tiempo, ella fue apoyada por todos los habitantes del pueblo, todos la acompañaban en su dolor (todo fingido). Y al fin llegó el día de abrir el testamento. El notario empezó a leer los artículos de la constitución etc. etc. sobre la legalidad del suceso.

—Y dejo como heredera universal única a mi hija, el notario nombrará a una persona de confianza que gestione en su nombre todos los bienes —eso no le sorprendió a ella, directamente no esperaba nada, pero al fallecer la niña ella era su madre y la podría heredar.

—Y cuando fallezca la niña, todos los bienes que queden serán liquidados y el total del dinero que en ese momento quede será entregado a una asociación benéfica para ayudar a los niños del mundo —esta última parte del testamento la dejo pálida, no se esperaba que lo tuviera todo tan ligado para que ella no tocara ni un céntimo. Al día siguiente se marchó del pueblo y nunca más volvió ni para poner una simple flor en la tumba de su hija o de su marido.

Pasados cinco años del fallecimiento de ambos, una piedra se desprendió de una ladera de la montaña por donde circulaba con su coche Sofía, produciéndole la muerte en una larga agonía hasta que alguien pasó por el lugar.

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