Muertes sin sentido

2021-08-16T19:48:56+01:00 16/08/2021|

Alberto llevaba 30 años en policía científica y todavía no entendía lo que estaba pasando en ese pueblo. Un pueblo con un índice de mortalidad inferior a 50 personas al año, pero llevaban dos superándolo con diferencia: el pasado año 78 y al anterior 85. Algo estaba pasando, muchas muertes en extrañas circunstancias, sin violencia, sin robo, sin aparentemente suceder nada extraño, las autopsias no revelaban nada, todas ponían lo mismo. Parada cardiorrespiratoria sin causa que la justifique.

Su experiencia le decía que no era normal y se pasaba las noches estudiando caso por caso y no tenían nada que ver unos con otros. Eran casas con los adornos típicos de la región, fotos familiares y los cuadros habituales en cada casa. Todo era muy normal, las plantas bien cuidadas y regadas, igual que toda la casa limpia y ordenada.

Jueves 5 de agosto: todo bien, pero algo se le estaba escapando, estaba pensando, cuando le sonó el teléfono.

—Sargento Miraflores?—

—Si, ¿diga? —contestó él—acabamos de recibir un 3415 en la calle Arganda número 25, vaya para allí.

—Recibido gracias.

Sabía lo que se encontraría: un 3415 era persona encontrada muerta en su domicilio, una más de las muchas que sucedían últimamente. Siempre eran personas que vivían solas o en pareja.

Varias veces fueron dos los fallecidos a la vez, pero ¿qué es lo que pasaba?

Entró en la casa y encontró lo que esperaba, una mujer de unos 50 años fallecida en el sofá.

Sus gestos no delataban dolor ni sufrimiento. Buscaron huellas o algo que les indicara el porqué de la muerte, pero como siempre nada. El juez, pasadas tres horas, permitió el levantamiento del cadáver para trasladarlo al hospital, donde se le practicaría la autopsia, aunque sabía que, como en los demás casos, no tendrían nada para esclarecer el fallecimiento.

Estos casos le estaban desgastando mucho, estudiaba todos los dosieres de muertes parecidas en los dos últimos años y siempre lo mismo, nada en común, o mejor dicho todo era común en los casos, gente solos o en pareja, nada anormal en las casas y nada de robos ni violencia.

En la última reunión cuando llego su turno de exponer sus pesquisas, lo dijo claro.

—Estamos ante un caso de asesino en serie.

Todos los asistentes a la reunión se miraron y sus miradas lo decían todo, incluso en voz baja comentaban:

—Este Alberto está muy perdido, ¿quién es el asesino y por qué mata? Y lo más importante, ¿cómo los mata?

Cuando le preguntaban, él no sabía qué contestar, pero estaba seguro de lo que decía.

Domingo 15 de agosto. Alberto se disponía a salir de casa para marcharse una semana a una serie de reuniones policiales.

Dio un beso a su mujer y le prometió que la llamaría todos los días, arrancó el coche y enfiló la carretera con destino a Madrid.

Cinco minutos después de su marcha, alguien llamó a la puerta.

—¿Señora Luisa García?

—Si, soy yo, ¿que quería? —preguntó ella.

—Floristería Gómez, traigo una planta para usted.

Luisa recogió la planta, la miró fijamente y pensó: “este marido mío es un encanto, cinco minutos fuera y ya me manda una planta, lo quiero como a mi vida”.

Ella ni se fijó que no tenía ninguna tarjeta ni nada que indicase de quién era. Como le indicó el chico que le entregó la planta, la tenía que regar un poquito y luego dejarla en un lugar soleado del interior.

Se dirigió a la cocina para regar la planta. Con mucho mimo y cuidado le dejó caer un pequeño chorro de agua y después la puso cerca de la ventana para que no le faltara el sol.

Cuando la dejó al sol ella se tumbó en el sofá, pues tenía un poco de sueño.

Lunes 16 de agosto: Alberto llamaba insistentemente a su mujer y ella no contestaba, ya se empezaba a preocupar. Tomó la decisión de llamar a un vecino que tenía llave para que echara un vistazo en la casa, pues era muy extraño que su mujer no le contestara durante todo el día.

El vecino se acercó a la casa, llamó al timbre, esperó paciente un par de minutos y como no le contestó nadie, saco las llaves de su bolsillo y abrió la puerta.

—Luisa, Luisa —llamó en voz alta.

Nadie le contestó, abrió la puerta del comedor y vio a Luisa en el sofá sin respiración, estaba muerta. Salió rápido de la casa y llamó a la policía y ambulancia, a continuación llamó a Alberto.

—Alberto, algo horrible pasó en tu casa, Luisa está muerta en el sofá.

—¿Qué? —gritó Alberto.

Si, está muerta, igual que tanta gente últimamente en este pueblo. Alberto cogió el coche y, saltándose todas las normas de tráfico, se dirigió donde residía con su mujer.

Cuando llegó, el cuerpo ya estaba en el anatómico forense y no la pudo ver. El policía que llevaba el caso ante su ausencia le enseñó unas fotos de su esposa en el sofá, Alberto solo pudo llorar.

Fue a su casa y al ser policía le dejaron entrar para una inspección ocular. Todo estaba igual que cuando se marchó, nada fuera de sitio. Solo una cosa le llamó la atención y que empezó a recordar vio en otros casos: esa pequeña planta que estaba en el comedor. No estaba cuando él se marchó, pero ¿cuándo llego a casa?

Envió la planta a analizar.

Resultado: hiedra venenosa rociada con un elemento líquido que hace reacción con el agua, la poca cantidad que tenemos no nos da la certeza que sea la causante del fallecimiento.

Después de volver a analizarla, comprobaron que tenía un trozo de plástico biodegradable que al contacto con el agua liberaba una pequeña nube de gas supertóxico que producía la muerte casi instantánea.

Alberto consiguió las grabaciones de una cámara de un banco cercano para ver quién era el que llevaba la planta a su casa. Pudo ver al repartidor con un jersey rojo y el letrero de la floristería en la espalada.

Esa floristería no existía y en todas las casas de gente fallecida estaba la planta, estaba claro que la causante era la planta, pero ¿por qué?

Mirando las imágenes pudo reconocer a la persona, era un vecino del pueblo que tenía un local de copas y se lo hicieron cerrar por problemas con drogas. Cuando fue a la cárcel juró vengarse de todo el pueblo y lo estaba realizando uno a uno, el veneno que ponía en la bolsa que enterraba en la planta era un veneno que conoció en un viaje a Brasil, visitando una parte de la selva Amazonas. La policía llegó a su casa y tenía tres plantas más preparadas. Cuando los policías se acercaron a él para detenerlo, tiró un vaso de agua sobre las tres plantas, produciendo la reacción de fatal desenlace. Murieron en el acto el asesino en serie, Alberto y los dos policías que le acompañaban en ese momento.

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