El café de la despedida

2023-11-06T11:05:30+01:0006/11/2023|

Antiguamente, fue una cafetería de primer nivel; en la actualidad, es un pequeño bar en un rincón de la ciudad.

El callejón donde estaba situado no invitaba a visitarlo, muchas veces los mendigos dormían en la puerta de entrada.

Cuando se inauguró, era normal ver las bandejas de croissants y bocadillos en sus vitrinas, las pastas de hojaldre eran de las más solicitadas, sobre todo las rellenas de nata.

Actualmente, en una vieja vitrina solo hay alguna magdalena ya dura de varios días atrás, nunca más de tres croissants, su aspecto no incitaba a pedirlos. La cafetería ya era visitada por muy pocos parroquianos. Detrás de la barra solo estaba Gonzalo, era el único superviviente de aquella gloriosa cafetería. Echaba de menos el constante trasiego de clientes, las prisas en hora punta y lo que más le faltaba eran los saludos de los habituales.

—Buenos días, Gonzalo, lo de siempre.

—Gonzalo, prepárame un bocadillo.

Ya hace mucho tiempo que no suenan las voces amigas, la mayor parte del tiempo lo pasa en solitario mirando la televisión y fumando un cigarrillo. Aunque no se pueda fumar en el interior, él sí fuma; al no haber ningún cliente, no molesta a nadie.

Lo único que quedaba de los buenos tiempos era la cafetera Gaggia GX de dos brazos, era una reliquia, ninguna cafetería moderna tenía este tipo de cafeteras. Muchos años juntos.

Gonzalo le hablaba a la cafetera, nunca pensó lo que sucedería.

—¿Qué te pasa hoy? Parece que no quieras hacer un buen café.

—Si vinieran más clientes, te cambiaría por una más moderna.

—Creo que tendrás que cerrar la cafetería —escuchó Gonzalo.

Este se giró esperando encontrar un cliente, pero… no había nadie en el local, estaba él solo, y estaba seguro de que escuchó esa frase.

Pasaron los días y seguía hablando con la cafetera, solo una cosa había cambiado, ahora le respondía.

—¿Me estoy volviendo loco, hablando con una cafetera? —se preguntaba Gonzalo.

—Te crees un ser superior porque tienes dos piernas —contestó la cafetera.

Ya era habitual la charla entre los dos.

—Dios mío —pensó Gonzalo— cómo puedo hablar con una cafetera.

Discutían sobre la vida, el amor y los buenos tiempos pasados juntos, nunca hablaban cuando entraba un cliente, lo catalogarían como un loco.

Un día, la discusión entre ellos fue a más, Gonzalo golpeó con fuerza la cafetera mientras le caían las lágrimas.

—Estoy loco, cómo puedo hablar con una máquina.

A pesar de su reflexión, él sabía que las contestaciones venían de la cafetera.

—Me tienes cansada, Gonzalo. No te acepto ni un golpe más, te voy a matar.

Aterrado, Gonzalo intentó huir del local, pero las puertas estaban cerradas y las ventanas tenían rejas. Estaba atrapado con ella, lo que vio le hizo abrir los ojos como platos.

La cafetera empezó a deslizarse por el mostrador, acercándose poco a poco a Gonzalo. Mientras la veía acercarse, el camarero estaba temblando de miedo. El pánico se reflejaba en su cara.

Sin nadie en el local que pudiera escuchar sus gritos demandando auxilio, los brazos de la máquina empezaron a cobrar vida, golpeando a su presa.

—Nunca más me vas a maltratar, maldito —gritaba la cafetera.

Incluso un par de ratas que tenían su nido en el almacén de bebidas huyeron de aquel lugar que emanaba violencia y muerte.

La policía culpó a ladrones por intentar robar. El local quedó cerrado. Eran frecuentes los comentarios de que la cafetería estaba maldita, los pocos transeúntes de aquel callejón aseguraban escuchar los gritos y discusiones en el interior, ni siquiera los sin techo querían dormir en su puerta.

El caso quedó archivado, nadie investigo nada más. Lo extraño fue que, en muchas cafeterías pequeñas de varios lugares del mundo, aparecieron los dueños asesinados, siempre sin ningún móvil, todos tenían en común una cosa: todos tenían una cafetera Gaggia GX.

Comparteix el contingut!

Go to Top