Cuestión de peso

2021-07-13T15:27:39+01:0013/07/2021|

Buenos días:

Me llamo Gerardo y decidí escribir este correo a Hilario para que hiciera un relato sobre mi caso.

Me pidió que lo hiciera y él lo pondría, lo mío no es escribir, pero él me lo arreglará seguro. Empecemos.

Nací en una parte de España, donde la cultura de una dieta rica en todo lo necesario era prácticamente imposible de seguir por la cuestión económica; a duras penas el trabajo de mi padre podía mantener la casa donde vivíamos cinco hermanos, mis padres y mi abuela, mi abuelo ya había fallecido.

Desde pequeño no era de practicar mucho deporte. Bueno, realmente no practicaba nada de deporte, lo que supuso que a los tres años pesaba 22 kilos y medía 70 centímetros. Todo esto lo sé por lo que me contó mi madre y por la cartilla de vacunación.

Mis primeros recuerdos ya eran con seis o siete años, ya pesaba 32 kilos y medía un metro y dos centímetros, siempre por delante de los chicos de mi edad en peso y por debajo en altura.

Siempre destacaba por algo que no es bueno para la salud: mi peso y mi altura, aunque por mi metabolismo no podía hacer nada para corregirlo.

La primera vez que me sentí mal tenía unos ocho años y fue un profesor, el profesor de educación física, el que me dejó en ridículo delante de todos.

—A ver, Gerardo, vas a correr contra un compañero y te dará veinte metros de ventaja a ver si puedes ganar —me colocó a más de veinte metros delante del compañero, el chico más rápido del colegio corriendo. El resultado os lo podéis imaginar, pasó junto a mí como una bala mientras el resto le animaban.

El profesor se acercó a mí y me dijo en voz alta delante de todos:

—Gerardo, tú solo ganarías una carrera si fuera en bajada y rodando, seguro que ganabas por mucho.

—Jajajajajajajajaja —se rieron todos los compañeros, mientras yo con la cabeza agachada me secaba unas lágrimas que me caían por la mejilla.

Desde la zona de entreno hasta el colegio todo fueron risas sobre mí. En casa no dije nada, bastante tenían con mantenernos como para que se preocuparan por una tontería del colegio.

Durante un tiempo era el bufón de la clase.

—Gerardo, cuándo salgamos hacemos una carrera rodando, ¿vale? —cuando decían esto todos reían, todos menos yo.

Acabamos el curso y nos fuimos de vacaciones, vacaciones es un decir.

Mis vacaciones eran en el pueblo y ayudando en casa, si quería un baño era en el río y solo, porque nadie quería venir conmigo, y si me encontraba alguno de mis compañeros se burlaban de mí gritando.

—No te tires de golpe que harás olas y se inundará todo —acompañado todo de las risas correspondientes: “jajajajajajaaj”.

Este verano vino una chica nueva al pueblo, la sobrina de una vecina, pelirroja y pecosa, era muy guapa o por lo menos a mí me lo pareció. Venía cada día a casa porque su tía no quería dejarla sola mientras visitaba a las amigas de la calle donde nació.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté todo temeroso.

—Andrea —contestó tímidamente.

Cuando estaba en mi casa se comportaba de una manera y, cuando estábamos en la calle con los demás, de otra. Un día me pidió…

—Si mañana me traes cinco euros te daré un beso delante de todos.

No paré de pensar toda la tarde y parte de la noche en cómo conseguir cinco euros. Recordé donde mi madre guardaba el dinero para las emergencias y cuando todos dormían…. me levanté en silencio y cogí los cinco euros.

Me costó dormirme, el corazón me latía fuertemente, parecía un caballo desbocado y llegó la hora de encontrarnos con los demás.

—Mira Andrea, tengo los cinco euros. ¿Me darás un beso? —pregunté torpemente.

—Sí, pero con una condición, cuando estén todos y tú con los ojos tapados, ¿aceptas? —Por supuesto —contesté.

Cuando ya estaban todos, ella tomó la palabra.

—Chicos, le prometí a Gerardo que le daría un beso si me traía cinco euros y él ya cumplió, falto yo.

Cogieron un pañuelo para taparme los ojos, no sin antes ella coger los euros. Yo estaba todo nervioso, al fin podría darle un beso, mi primer beso.

Noté como se acercaba a mí, el corazón latía más deprisa si podía ser, se acercaron unos labios a los míos, fueron segundos, pero a mí me pareció estar en el paraíso, hasta que me quitaron el pañuelo y pude ver como frente a mí tenían un pequeño perro que me chupó los morros, mientras todos se marchaban corriendo y riendo.

De esta manera fueron pasando los años y todos los que se acercaban a mi era para reírse.

Llegó un momento que prefería estar solo, no quería compañía. Un día fui a la ciudad y vi una manifestación de mujeres contra los piropos. En medio de la manifestación vi gritando como una posesa a Andrea. Cuando pude estar cerca de ella, la saludé con una sonrisa y un hola, pero ella me miró despectivamente y me dijo “aparta gordo”. Yo me aparté y me alejé de la manifestación.

Cuando estaba fuera de la vista de Andrea me puse a llorar desconsoladamente. ¿Cómo una mujer que me humillaba de esa manera podía decir que un piropo era “una invasión de la intimidad de la mujer” y ella podía insultarme de esa manera?

Sinceramente, más de una vez se me pasó por la cabeza quitarme la vida, hasta que apareció Soledad.

Bonito nombre para una mujer que me sacó de mi soledad. Consiguió una sonrisa y me dio su amor. Cuando echo la vista atrás, solo siento pena por los que me ofendían, porque los enfermos son ellos yo solo fui una víctima silenciosa de la maldad de la sociedad que me rodeaba.

Actualmente, después de una operación de tiroides, he adelgazado 60 kilos y soy una persona “normal”. Siempre que me cruzo con una persona obesa, le miro a los ojos y si le veo la tristeza en su mirada me acerco a hablar, darle ánimos e intentar sacarle una sonrisa, también necesitan ser felices.

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