Carta abierta de un jubilado a los políticos
A quienes hablan de pensiones con la tranquilidad de quien nunca ha tenido que ganárselas con el sudor de su frente.
Señores políticos:
Se acercan las elecciones y, como ocurre cada vez que se aproxima una cita con las urnas, vuelven las promesas, las buenas palabras y las soluciones para todos los problemas del país. De repente, parece que todo tiene arreglo; todos saben lo que hay que hacer, todos tienen la fórmula mágica y todos parecen preocupados por el bienestar de los ciudadanos.
Pero hay algo que me entristece profundamente: cuando termina la campaña, muchas de esas soluciones se quedan en el aire, las promesas se olvidan y los ciudadanos volvemos a nuestra realidad. Esa realidad que ustedes parecen conocer tan bien cuando necesitan nuestros votos y que tantas veces ignoran cuando llegan al poder.
Hoy quiero hablarles de algo que no es un asunto cualquiera, ni una cifra en el presupuesto, ni una partida que se pueda aumentar o reducir según convenga.
Quiero hablarles de las pensiones. Quiero hablarles de las personas que han dedicado su vida entera a trabajar, de quienes han levantado el país con sus manos, con su esfuerzo y con su sacrificio, demasiadas veces a costa de su propia felicidad.
Quiero hablarles de nosotros, de quienes hemos trabajado toda una vida y que ahora, cuando más necesitamos tranquilidad, nos vemos obligados a escuchar que nuestro futuro está en peligro.
Unos nos dicen que estemos tranquilos; otros nos aseguran que no debemos preocuparnos. Algunos incluso plantean que la solución está en las pensiones privadas, como si todos hubiéramos tenido la posibilidad de ahorrar durante nuestra vida laboral, como si todos hubiéramos cobrado lo suficiente para guardar una parte del sueldo cada mes, como si todos hubiéramos vivido sin sobresaltos.
¿De verdad creen que no sabemos hacer cuentas? ¿De verdad piensan que no entendemos lo que está pasando?
Lo que nos duele no es solamente la incertidumbre. Lo que nos duele es la sensación de que, después de haber cumplido con nuestras obligaciones durante tantos años, ahora tenemos que vivir con miedo a no poder disfrutar de aquello que nos hemos ganado.
Porque una pensión no es un regalo que ustedes nos hacen, ni una limosna que debamos agradecerles. No es un favor que dependa de la generosidad de quien ocupa un despacho.
La pensión es el reconocimiento de una vida de trabajo, de años de cotizaciones y de una obligación que una sociedad digna debe asumir con quienes la han sostenido.
Detrás de cada jubilado hay una historia que no aparece en las estadísticas. Hay madrugones, jornadas interminables, manos doloridas, espaldas castigadas y domingos que dejaron de ser días de descanso. Hay familias que salieron adelante porque sus padres renunciaron a casi todo para que a sus hijos no les faltara lo necesario.
Muchos de nosotros nos levantábamos cuando todavía era de noche y salíamos de casa sin saber exactamente a qué hora regresaríamos. Había días en los que el trabajo se alargaba y la familia esperaba. A veces llegábamos cuando los niños ya dormían; otras veces nos perdíamos sus celebraciones, sus actuaciones en el colegio, sus cumpleaños y tantos momentos que jamás volverán.
Y lo hacíamos porque había que trabajar, porque había facturas que pagar, comida que poner en la mesa y niños que criar. Porque antes nos enseñaban que el deber estaba por encima de muchas cosas y que, con esfuerzo y honradez, podíamos construir un futuro mejor.
Eso es lo que creíamos. Eso era lo que nos prometieron. Y muchos cumplimos nuestra parte: trabajamos, cotizamos y sacamos adelante a nuestras familias.
Algunos pudimos comprar una vivienda después de muchos años de sacrificios, privándonos de vacaciones, caprichos y cosas que otros consideraban normales. No nos regalaron nada. Cada ladrillo de aquella casa representaba horas de trabajo y renuncias que nadie nos devolvió.
Otros conseguimos pagar los estudios de nuestros hijos para que pudieran tener una vida mejor, para que pudieran llegar a ser alguien en la vida, como se decía antes. Queríamos que no tuvieran que pasar por las mismas dificultades que nosotros, que pudieran elegir su camino y que su futuro no dependiera únicamente de cuánto estuvieran dispuestos a sacrificarse.
Y, sin embargo, muchos de aquellos hijos, a pesar de haber estudiado y trabajado, también se encuentran hoy con dificultades para acceder a una vivienda, formar una familia o conseguir un empleo estable.
¿No debería hacernos reflexionar todo esto? ¿No debería ser una prioridad construir un país en el que nuestros hijos puedan vivir con dignidad y nuestros mayores puedan envejecer sin miedo?
Pero hay una parte de nuestra historia que parece que todavía cuesta reconocer: la de las mujeres que trabajaron toda su vida sin que su trabajo apareciera en una nómina.
Mujeres que se levantaban antes que nadie para preparar desayunos, llevar a los niños al colegio, atender a los mayores, limpiar la casa, cocinar, lavar y resolver todos esos problemas cotidianos que implica mantener una familia. Mujeres que, cuando los demás descansaban, todavía tenían tareas pendientes.
Mujeres que criaron tres, cuatro o más hijos y que, en muchos casos, renunciaron a un empleo remunerado porque alguien tenía que cuidar de la familia. Mujeres que sostuvieron hogares enteros mientras sus maridos trabajaban fuera, haciendo posible que pudieran cumplir con sus interminables jornadas laborales.
¿Y qué dice después el sistema?
Que no han cotizado lo suficiente, que no tienen derecho a una pensión contributiva propia o que deben conformarse con una protección que no siempre reconoce todo lo que han aportado.
¿Acaso criar a un hijo no es trabajar? ¿Acaso cuidar a una persona enferma no exige tiempo y esfuerzo? ¿Acaso mantener un hogar no tiene ningún valor?
Si estas mujeres hubieran podido cobrar un salario por cada hora dedicada a cuidar de los demás, ¿cuánto habría costado su trabajo? Y, lo que es más importante, ¿cuánto habría tenido que gastar el Estado en servicios que ellas prestaron?
Una sociedad que se beneficia del trabajo de sus mujeres no puede comportarse como si ese trabajo nunca hubiera existido.
También están los autónomos, esos hombres y mujeres que abrieron pequeños negocios, trabajaron en sus talleres, levantaron persianas cada mañana y cerraron cuando los demás ya estaban en sus casas. Personas que, cuando podían elegir cuánto cotizar, a menudo pagaban lo mínimo porque era lo máximo que podían permitirse.
No siempre fue una cuestión de elegir entre ahorrar más o ahorrar menos. Muchas veces se trataba de decidir entre pagar una cotización más alta o poder pagar la luz, el alquiler del local, los materiales y los gastos de la familia.
Y ahora algunos de ellos llegan a la jubilación con pensiones mucho más bajas que las de otros trabajadores.
También debemos recordar a quienes trabajaron durante años sin una protección adecuada, a quienes sufrieron la economía sumergida y a quienes, por circunstancias que no siempre dependían de ellos, llegaron al final de su vida laboral con cotizaciones insuficientes.
Hubo una época en la que muchos trabajadores aceptaban condiciones que hoy serían inadmisibles. A veces bastaba con tener una cartilla del médico para dar la impresión de que todo estaba en orden, pero la protección real del trabajador no era la que debía ser.
Algunos llegaron al final de sus días sin haber podido cobrar una pensión, pese a haber trabajado toda su vida. Hay historias de personas que murieron demasiado pronto, sin disfrutar de aquello por lo que habían luchado.
Tenemos que aprender de sus historias y construir un sistema más justo para quienes vienen detrás.
Por eso resulta tan doloroso escuchar a los políticos hablar de pensiones como si los jubilados fuéramos responsables de un problema, como si tuviéramos que pedir disculpas por envejecer.
Muchos de nosotros intentamos ahorrar para cuando llegara la jubilación, pero la vida tiene una costumbre que ustedes parecen olvidar: siempre aparece algo que no estaba previsto. Un hijo que necesita ayuda, una enfermedad, una operación urgente o una dificultad económica que obliga a gastar lo que se había conseguido guardar.
Hay personas mayores que viven con una pensión ajustada, personas que apagan la calefacción para ahorrar, que no van al dentista y que calculan cada cosa que compran. Y, aun así, muchas de ellas no se quejan. Se acostumbraron a luchar, a apretar los dientes y a seguir adelante.
Que no salgan a la calle a protestar no significa que estén conformes.
Otra cosa que duele es escuchar a algunos políticos señalar a quienes vienen de fuera como responsables de nuestros problemas.
Señores de traje, dejen de buscar responsables fáciles. Los problemas del sistema no se resuelven enfrentando a quienes tienen poco con quienes tienen todavía menos.
La demagogia puede dar votos, pero no paga pensiones. El enfrentamiento puede llenar mítines, pero no garantiza el futuro de nuestros mayores.
No queremos promesas imposibles. Queremos que se proteja el poder adquisitivo de las pensiones y queremos que nuestros hijos y nietos puedan confiar en que, si trabajan y cotizan, podrán esperar recibir lo que les corresponde.
¿Es demasiado pedir?
Porque no somos una carga. No somos un gasto. Somos las personas que hemos levantado el país que ustedes gobiernan.
Dejen la demagogia, pónganse a trabajar de verdad, lleguen a acuerdos, busquen soluciones y recuerden que gobernar no consiste solamente en administrar el presente, sino también en proteger el futuro de quienes ya no tienen tiempo de empezar de nuevo.