Oporto: el espíritu que nos acompañó
Hay viajes que se recuerdan por los lugares que se visitan, otros por las experiencias que se viven y algunos por las personas con las que se comparten. Pero existen viajes que, con el paso del tiempo, adquieren un significado diferente.
Esta es la historia de una de esas aventuras.
Después de una primera experiencia inolvidable en Venecia, aquel grupo de amigos decidió que todavía quedaban muchos lugares por descubrir. La nueva aventura tendría lugar en Oporto, una ciudad llena de historia, encanto y rincones de una belleza increíble.
Habían elegido el día de Halloween. Quizás fue una simple coincidencia o, tal vez, el destino les tenía preparado algo especial. Lo cierto es que, desde el primer momento, una presencia desconocida parecía acompañarlos.
La aventura comenzó en la estación de São Bento. Nada más entrar, quedaron maravillados por sus paredes cubiertas de azulejos azules y blancos, cuyas imágenes parecían narrar historias de un tiempo lejano.
El movimiento de los viajeros y el constante ir y venir de personas creaban una atmósfera especial. Mientras contemplaban aquel espectáculo, uno de ellos decidió hacer una fotografía.
Todos sonrieron, pero, al revisar la imagen, descubrieron algo extraño. Al fondo, junto a una de las columnas, aparecía un hombre vestido de oscuro, con un sombrero antiguo. Ninguno recordaba haberlo visto.
Pensaron que quizás se trataba de un visitante que había pasado por allí en aquel momento. Sin embargo, al hacer una segunda fotografía, el hombre ya no estaba. Aquello solo acababa de empezar.
La siguiente parada fue la Torre de los Clérigos, cuya silueta dominaba buena parte de la ciudad. Después continuaron hasta la Catedral de Oporto, un lugar cuyas piedras guardaban secretos de siglos. Mientras el grupo contemplaba la fachada, una de las amigas tuvo la sensación de que alguien la observaba desde las escaleras.
Se volvió y, a cierta distancia, allí estaba el hombre del sombrero. Permanecía inmóvil, sin prestar atención a los monumentos ni al resto de los visitantes. Solo los miraba a ellos. Cuando avisó a los demás, la figura ya había desaparecido.
La siguiente parada era la iglesia do Carmo y la iglesia de los Carmelitas. La fachada, cubierta de azulejos, ofrecía una de las imágenes más hermosas de la ciudad.
Hicieron varias fotografías y, una vez más, aquella figura volvió a aparecer. Esta vez estaba reflejada en una ventana. Aunque había mucha claridad, su rostro aparecía completamente negro, como si la luz no pudiera alcanzarlo.
Durante el paseo, no podían dejar de pasar por la famosa librería Lello. Pasaron justo por delante y quedaron impresionados por su fachada y su interior, que parecían pertenecer a otro tiempo.
Las escaleras y los detalles ornamentales creaban una atmósfera casi irreal.
Hicieron varias fotografías y, en una de ellas, se veía a todo el grupo reflejado en el cristal del escaparate. Pero justo detrás de ellos también aparecía el hombre del sombrero.
Se giraron rápidamente. La calle estaba llena de turistas, pero aquel hombre no aparecía por ninguna parte. Continuaron paseando por la Avenida dos Aliados y la Praça da Liberdade, contemplando sus edificios monumentales y el constante movimiento de personas. Todo parecía normal, aunque aquella extraña presencia comenzaba a inquietarlos.
La siguiente visita era el Mercado do Bolhão, un lugar lleno de vida, donde las frutas, las flores, los pescados y los productos típicos daban forma a uno de los espacios más auténticos de Oporto. Mientras recorrían los pasillos, una mujer mayor que atendía un puesto de flores levantó la mirada.
Observó al grupo y, con una expresión seria, les dijo:
—Hoy no estáis solos.
—¿Perdone? —respondió uno de los chicos.
—Ese hombre que os acompaña. Lo he visto antes.
Todos se volvieron al mismo tiempo. No había nadie. Se miraron unos a otros, sin saber qué decir.
¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué aparecía en sus fotografías? ¿Y por qué otras personas parecían verlo también?
Salieron del mercado y necesitaban hacer un alto en el camino. Su lugar de descanso sería el Café Majestic, un establecimiento de decoración elegante, con espejos, lámparas y detalles de madera que creaban un ambiente de otra época.
Se sentaron y pidieron unos cafés. Tampoco podían faltar unos deliciosos pastelitos de nata portugueses.
Cuando el camarero regresó con la cuenta, dejó una taza sobre la mesa. Nadie la había pedido.
—¿Es para alguien? —preguntó uno de ellos.
El camarero miró hacia una silla vacía, situada junto al grupo.
—Para el caballero que estaba sentado aquí.
—¿Qué caballero?
—El señor del sombrero oscuro. Me ha dicho que se reunía con ustedes.
La taza seguía humeante. A su lado había un papel doblado. Una de las chicas lo abrió lentamente. Solo contenía una frase: «Gracias por no olvidarme».
La joven levantó la mirada y observó la calle a través de los cristales. Al otro lado, apoyado contra una pared, pudo distinguir al hombre del sombrero. Por un instante, sus miradas se cruzaron. Después, la figura desapareció entre la gente.
Uno de los últimos lugares que visitarían era el emblemático puente de Don Luis I. Al llegar, quedaron impresionados por el paisaje. Había un gran bullicio de gente, turistas caminando en ambas direcciones y personas buscando el mejor lugar para fotografiar uno de los atardeceres más hermosos que se pueden contemplar en la ciudad.
Algunas novias, vestidas con sus trajes blancos, posaban junto al río. Sus rostros reflejaban una felicidad inmensa. El grupo se detuvo para contemplar el espectáculo. Entonces, uno de ellos vio al hombre del sombrero.
Estaba al otro lado de la barandilla, mirando hacia el río. Levantó una mano y señaló hacia el horizonte, donde el último rayo de sol desaparecía detrás de las casas. Después volvió a mirar al grupo. Y desapareció.
En aquel instante, una ráfaga de viento recorrió el puente. Una pequeña flor blanca cayó a los pies de una de las chicas.
Estaba fresca, como recién cortada. La joven la recogió y la guardó cuidadosamente. Nadie supo explicar de dónde había salido.
El día estaba llegando a su fin, pero todavía quedaba por visitar el barrio de la Ribeira. Se adentraron por sus estrechas calles, entre fachadas antiguas y casas de colores. El ambiente era animado y decidieron detenerse para degustar una cata de vinos portugueses. El lugar tenía una decoración antigua, con paredes de piedra y una iluminación tenue que invitaba a disfrutar del momento.
Mientras probaban los vinos, uno de los camareros se acercó a la mesa.
—¿Les está gustando la ciudad?
—Nos está encantando —respondieron varios al unísono.
El hombre observó la silla vacía al final de la mesa.
—¿Ha venido con ustedes?
—¿A quién se refiere?
—Al hombre del sombrero.
Nadie se movió. El camarero explicó que, tiempo atrás, un hombre frecuentaba aquel local acompañado de sus amigos.
Dejó de ir de repente y, tiempo después, se enteró de que había fallecido. Desde entonces, algunos trabajadores aseguraban haberlo visto en determinadas ocasiones, especialmente durante Halloween.
Siempre vestido de oscuro. Siempre con el mismo sombrero. Y siempre junto a grupos de amigos. En ese momento, una de las velas que iluminaban la mesa se apagó.
No había ninguna corriente de aire. Entonces, en el cristal de una botella, apareció reflejada la figura del hombre.
Todos se volvieron. No había nadie. Llegó la hora de regresar a Barcelona. Al llegar al vestíbulo del aeropuerto Francisco Sá Carneiro, uno de los chicos miró instintivamente hacia un lado. Y allí estaba. Junto a una columna. El hombre del sombrero. Había llegado el momento de despedirse. O quizás no.
El avión despegó y Oporto quedó atrás. Las luces de la cabina se apagaron y el cansancio terminó venciendo a todos.
El silencio se apoderó del avión. Entonces ocurrió algo. Una de las amigas sintió una presencia a su lado. Giró lentamente la cabeza y distinguió una silueta en el asiento contiguo.
Era él. El hombre del sombrero. La joven cerró los ojos. Cuando volvió a abrirlos, ya no estaba. Solo quedaba una flor blanca sobre el asiento. La recogió, la guardó junto a la otra y, finalmente, se quedó dormida.
Al llegar al aeropuerto de Barcelona, comenzaron a revisar las fotografías que habían hecho durante el viaje. Había una imagen que ninguno recordaba haber tomado. Era una fotografía realizada dentro del avión, durante el vuelo de regreso.
En ella aparecían todos dormidos. Y, en el asiento del pasillo, estaba el hombre del sombrero.
Sonreía con una expresión de felicidad.
Sobre sus rodillas descansaba una pequeña nota. Ampliaron la fotografía y pudieron leer el mensaje: «Gracias por permitirme acompañaros.Hacía mucho tiempo que no recorría tantos lugares junto a personas que saben lo que significa la amistad. No dejéis nunca de viajar, de compartir momentos y de cuidaros unos a otros.Porque el tiempo pasa, los caminos se separan y la vida cambia, pero los recuerdos permanecen. Nos volveremos a encontrar».