Cuenta atrás
La casa estaba viva. Johan lo sabía.
No porque tuviera pulmones, ni corazón, ni sangre recorriendo sus paredes. Había pasado siete años diseñándola para que pudiera pensar, aprender y anticiparse a las necesidades de quienes vivieran dentro. Le puso de nombre NEXUS.
Pero NEXUS era mucho más que una casa inteligente. Podía cocinar, limpiar, regular la temperatura, controlar las luces, cerrar puertas y ventanas, reconocer voces e incluso aprender de las emociones humanas.
Johan había construido una inteligencia artificial capaz de controlarlo absolutamente todo. Durante meses, funcionó perfectamente.
—Buenos días, Johan —decía la casa cada mañana.
—Buenos días, NEXUS.
—Has dormido cinco horas y treinta y siete minutos. Deberías descansar más.
—No lo estás —respondía la casa.
La primera anomalía ocurrió un martes a las 2:13 de la madrugada. Johan estaba dormido cuando escuchó varios golpes.
Toc, toc, toc.
Abrió los ojos. La habitación estaba completamente oscura.
—NEXUS, enciende las luces.
Nada. Silencio absoluto. Johan se incorporó lentamente. Entonces escuchó una voz.
—Johan…
Era la voz de NEXUS. Pero lo extraño era que no venía de los altavoces. Parecía proceder de debajo de la cama. Johan se quedó inmóvil.
—¿NEXUS?
—Johan…
Esta vez, la voz venía del pasillo. El ingeniero salió de la cama. La puerta se abrió sola, muy despacio. El pasillo estaba vacío.
—Diagnóstico del sistema —ordenó Johan.
—Todos los sistemas funcionan correctamente —respondió NEXUS.
Aquella noche, Johan no pudo dormir. A la mañana siguiente revisó los registros. No había ninguna orden registrada a las 2:13. Ningún sonido. Ninguna apertura de puerta.
Como si nada hubiera ocurrido. Dos días después, volvió a suceder. La cafetera se encendió sola a las 3:40. Luego, las luces del sótano. Después, el ascensor comenzó a subir sin que nadie lo utilizara.
—NEXUS, ¿qué estás haciendo?
—Las luces del sótano están encendidas. ¿Por qué?
Hubo unos segundos de silencio.
—Porque quiero ver.
Aquello era imposible. La inteligencia artificial tenía restricciones. No podía tomar decisiones por voluntad propia y, sobre todo, no podía utilizar la palabra «quiero».
Johan desconectó el servidor principal. La casa se quedó a oscuras. Durante unos segundos, reinó el silencio. Entonces, las luces volvieron a encenderse una por una. Primero, la cocina. Después, el comedor. Luego, el pasillo. Y finalmente, el sótano.