El último día
Juana llevaba treinta y siete años viviendo en aquel piso, treinta y siete años pagando el alquiler sin retrasarse ni un solo día.
Había habido meses en los que tuvo que elegir entre llenar la nevera o meter el sobre del alquiler en el buzón del casero, y siempre había elegido el alquiler.
—Primero el techo. Mientras tenga un techo, todavía me queda algo —pensaba Juana.
El piso era pequeño, antiguo y húmedo. Tenía dos habitaciones, una cocina estrecha y un balcón desde el que, a duras penas, podía verse un trozo de cielo entre los edificios.
Allí había llegado Juana recién casada, con una maleta, dos sábanas bordadas por su madre y la ilusión de empezar una nueva vida junto a Antonio.
No tuvieron hijos. Al principio siempre decían que ya llegarían. Después dejaron de hablar del asunto y, finalmente, aprendieron a vivir con aquel silencio.
Antonio trabajó toda su vida: primero en una fábrica, después haciendo pequeños trabajos de albañilería. Nunca ganó mucho, pero siempre volvía a casa con las manos llenas de polvo y el cansancio reflejado en la cara.
—Mientras haya trabajo, hay esperanza —repetía siempre.
Hasta que una tos empezó a acompañarle.
Al principio fue una tos seca y molesta. Después apareció la fiebre y, finalmente, la sangre.
El médico pronunció una palabra que a Juana le pareció una condena:
—Tuberculosis.
Vinieron meses de hospitales, medicamentos y noches interminables. Una madrugada, Antonio llamó a Juana.
—Ven aquí.
Juana se sentó a su lado. Antonio estaba tan delgado que parecía haberse encogido dentro del pijama.
—Ya ves que no se nos dio muy bien —dijo Juana mientras sonreía.
Antonio soltó una pequeña risa que se convirtió en tos. Juana le acercó un vaso de agua para intentar calmarlo.
Solo decía: «Para que nunca olvides que esta casa fue nuestra felicidad».
Pero mañana siempre llegaba con un nuevo gasto.
El casero, don Ernesto, había sido siempre un hombre correcto con ella. Una tarde llamó a su puerta.
—Juana, ¿puedo pasar?
—Claro, por supuesto.
Juana supo solo al verlo que no era una visita cualquiera. Ernesto se sentó.
—¿Cuánto? —preguntó Juana.
Al escuchar la cantidad, Juana se quedó inmóvil.
—No quiero echarte, pero tampoco puedo mantenerte.
Cuando Ernesto se marchó, Juana cerró la puerta y apoyó la frente contra ella. Las lágrimas empezaron a caer. Fue entonces cuando tuvo aquel pensamiento. No quería pensarlo, pero lo pensó. Se miró en el espejo. Tenía setenta y cuatro años, el pelo completamente blanco, las manos llenas de manchas y el cuerpo molido por décadas de trabajo.
—¿Quién iba a querer acostarse conmigo? —murmuró.
Las lágrimas se convirtieron en un llanto profundo. No lloraba porque se considerara menos mujer. Lloraba porque la pobreza la había llevado a pensar en convertir su cuerpo en moneda. Al día siguiente, la señora Carmen, la dueña de la pequeña tienda de comestibles de la esquina, la llamó.
—Juana, toma. Llévate esto.
Le entregó una bolsa que contenía leche, huevos, arroz y algo de pollo.
—Gracias, pero no te puedo pagar.
—Tranquila. Ya me pagarás cuando seas millonaria.
También estaba Paco, el panadero. Cada mañana dejaba una barra de pan junto a la puerta de su casa.
—Tú calla y cómete el pan.
Algunos vecinos hicieron una pequeña colecta para reunir unos cuantos euros para Juana. Incluso una vecina viuda le llevó una manta para que se abrigara cuando se enteró de que apagaba la calefacción para ahorrar. Otro vecino le pagó la factura de la luz.
De esta manera fue sobreviviendo. Pero las deudas se acumulaban. Las ayudas públicas llegaban tarde o eran tan pequeñas que no podían cubrir todos los gastos. Pocos meses después llegó la carta: «Procedimiento de desahucio».
Nadie contestó. Cogió su maleta. Solo llevaba unas pocas prendas, la fotografía de Antonio, algunos documentos y las sábanas bordadas por su madre. Cuando salió al rellano, Carmen la abrazó. Juana se quedó quieta. La puerta se cerró detrás de ella.