El asesino siempre llama dos veces

2023-11-20T12:31:14+01:0020/11/2023|

Todo sucedió alrededor de 1970, varias personas fueron asesinadas en un par de pueblos de la provincia de Jaén. En Torreblascopedro fueron seis las personas que murieron violentamente y otros tres en Jabalquinto.

Nadie podía sospechar quién era el culpable. La policía consiguió un refuerzo de la Guardia Civil para controlar los pueblos y encontrar al culpable.

La primera vez fue en marzo de 1969, el buen tiempo empezaba a notarse en la región andaluza. Una noche mientras todos dormían, el asesino observaba desde un lugar cercano que su víctima se acostara y se durmiera. Cuando pasó un breve tiempo desde que las luces de la casa se apagaban, se introdujo en la vivienda (en estos pequeños pueblos, la gente es muy confiada y no cierran la puerta con llave nunca) y subió sigilosamente las escaleras con cuidado de no producir ni el más pequeño ruido. Se deslizó hasta el dormitorio y sacó un afilado cuchillo deslizándolo con rapidez por el cuello; la víctima paso de un relajante sueño al sueño eterno.

La policía pudo revisar toda la casa y no encontró nada, todo en su sitio. Las pocas alhajas estaban sobre la cómoda de la habitación, dinero en una pequeña cajita para los gastos diarios, todo en su sitio, no faltaba nada; lo único extraño era que le faltaba el dedo anular, aunque el anillo estaba junto al cuerpo.

Varias veces más sucedieron cosas parecidas en los dos pueblos, nunca faltaba nada en las casas donde sucedían las muertes, pero al cuerpo siempre le faltaba el dedo anular.

Una cosa tenían en común: las víctimas eran viudos y casi todos de edad avanzada, nadie sospechaba del asesino, tenía que ser un conocido.

El criminal seleccionaba a sus víctimas cuidadosamente, buscaba a aquellos que parecían solitarios y vulnerables, conocía sus rutinas diarias, sabía sus movimientos y hábitos, tenían miedo.

A partir del tercer suceso, la gente empezó a tener temor, cerraban las puertas y ventanas con los pestillos. Igualmente, el criminal conocía todas las casas y acababa con sus moradores mientras dormían.

Todos tenían miedo de ser los siguientes, el pavor se convirtió en terror. ¿Quién sería el siguiente?

—Buenos días, doña Juana, aquí tiene las cartas de sus hijos, como cada semana.

—Gracias Fermín, eres el único que trae buenas noticias, ¿se enteró de que ayer mataron a otra persona en Jabalquinto?

—No, ni ayer ni hoy fui a repartir al pueblo.

—Estoy pensando en marcharme de aquí, tengo miedo de ser yo la siguiente.

—Tranquila, un día acabarán cogiendo al criminal y todo estará acabado.

—Dios te oiga, Fermín

Fermín es el cartero de los dos pueblos.

Siempre era el que primero traía las malas noticias.

La sargento Marisa era la encargada de la investigación. Descubrió un patrón en todos los casos, una coincidencia que hacía sospechar de una persona. Pondría en marcha un operativo para detener al culpable.

Durante varias semanas siguieron al sospechoso, tarde o temprano tendría que volver a actuar. El día 28 de octubre de 1976, el delincuente estaba en un rincón de la calle mirando hacia una ventana de la cual salía una tenue luz, que provenía de la bombilla de la habitación donde dormía Juana.

La luz apagada era el aviso de que Juana se fue a dormir, solo faltaba esperar unos minutos y actuar.

No podía sospechar que, en el interior de la vivienda, Marisa y dos ayudantes estaban esperando que entrara en la casa el homicida.

Entró sigilosamente como siempre, las escaleras crujían levemente. Cuando entró en el cuarto, se encendió la bombilla dejando a la vista a la mujer policía y sus dos compañeros, acababan de coger in fraganti al asesino en serie.

—¿Cómo pudiste cometer esta atrocidad Fermín?

—Se lo merecían todos —contestó el cartero asesino.

—¿Pero, por qué?

—Ningún año me felicitaban por Navidades, nunca ni un detalle, a pesar de que siempre les traía buenas noticias. ¿Cómo lo descubrió Marisa? —preguntó el incrédulo detenido.

—Mire tus días de reparto y siempre que ocurría una muerte, tú habías pasado repartiendo el correo ese día. Podías incluso coger las llaves que sabías donde las dejaban para una necesidad las víctimas.

—Muy astuta, sargento Marisa.

—Una pregunta Fermín, ¿por qué les cortaba el dedo anular?

—El marido de la primera víctima, en una discusión de jóvenes, me arrancó mi dedo anular, decidí que acabaría con su mujer y le cortaría el dedo también. Cuando acabé estaba tan satisfecho de lo que acababa de hacer que decidí continuar con más vecinos, que nunca me felicitaban ni tenían un detalle conmigo.

—¿Dónde están los dedos de todos? —preguntó Marisa.

—En el bosque, cada vez que llevo un nuevo dedo, planto un árbol y bajo sus raíces entierro el dedo, después le pongo nombre al árbol, esa parte del bosque la llamo el prado de los cien dedos, quería llegar a esa cantidad.

Los pueblos finalmente pudieron respirar con alivio sabiendo que el cartero asesino ya no acechaba a nadie, aunque los recuerdos de la tragedia nunca desaparecieron por completo. La historia del cartero asesino se convirtió en una leyenda que a día de hoy todavía perdura en la memoria de los más mayores, recordando que incluso en los lugares más tranquilos puede esconderse el terror más inimaginable.

PD: Cualquier similitud con un hecho acaecido en algún punto del planeta es mera coincidencia. Los hechos son pura imaginación del escritor (que tiene mucha).

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