La soledad del bosque
Se llamaba Mateo y era guarda forestal desde hacía quince años. Había pedido aquel destino de forma voluntaria: buscaba silencio, orden y tranquilidad, algo parecido a la paz. Todo después de un divorcio que lo dejó vacío. La ciudad le resultaba demasiado ruidosa para lo que necesitaba; la montaña fue su refugio.
La cabaña de vigilancia, construida con madera oscura y piedra, se alzaba sobre una loma desde la que se dominaba la inmensidad del bosque.
Al principio, el aislamiento fue un bálsamo. Rutinas marcadas: revisar senderos y caminos, comprobar las trampas de cámaras, vigilar posibles incendios, anotar cualquier movimiento de la fauna. Por las noches leía con una lámpara de queroseno o escuchaba el viento golpear las ventanas. Dormía profundamente, con el cuerpo cansado y la mente en calma.
Todo eso cambió a comienzos de otoño.
La primera vez que las vio fue durante una ronda matinal, a unos cien metros de la cabaña, cerca de un arroyo estrecho. Encontró unas heces oscuras, alargadas, con una textura extraña. No parecían de ciervo, ni de oso, ni de ningún animal que conociera. Tenían un fuerte olor metálico, mezclado con carne vieja.
Mateo se agachó. Había estudiado zoología básica y conocía bien la fauna local. Aquello no encajaba. Pensó en algún animal enfermo, lo anotó en su cuaderno y siguió caminando.
Dos días después encontró más, esta vez cerca del cobertizo de herramientas. Eran más grandes y parecían recientes. El olor era aún más intenso.
—No puede ser… esto es muy extraño —murmuró mientras colocaba una cámara trampa apuntando al lugar.
Esa noche escuchó el primer sonido. No fue un rugido ni un aullido, sino algo mucho más inquietante: una respiración profunda que provenía del bosque, no muy lejos. Mateo se incorporó en la cama, con el corazón acelerado, intentando reconocerlo.
Los animales hacen ruidos extraños; el bosque nunca está en silencio. Pero aquel sonido no se repetía como un canto. Parecía algo que no pertenecía a este mundo.
A Mateo le costó dormir. Las noches siguientes los sonidos regresaron: a veces más cerca, otras más lejos. Se escuchaban pasos entre las hojas caídas y ramas que crujían como si algo grande las pisara. En una ocasión creyó oír golpes secos contra el tronco de un árbol.
Empezó a dormir poco y a abusar del café. La soledad que antes le encantaba ahora lo oprimía.
Revisó las cámaras. Las imágenes eran decepcionantes: aves nocturnas, un zorro, sombras deformadas por el viento. Pero una de ellas, tomada a las 3:17 de la madrugada, llamó su atención.
La cámara había captado una figura borrosa al fondo, entre los árboles. No parecía un animal. Demasiado erguida, demasiado alta. La imagen estaba distorsionada, pero algo en ella resultaba antinatural.
Mateo sintió un escalofrío e intentó contactar con la central por radio.
—Aquí puesto de vigilancia. Tengo actividad extraña en la zona. Posible fauna no identificada.
Nadie respondió.
Las heces siguieron apareciendo, cada vez más cerca de la cabaña. Una mañana encontró unas justo al pie de la escalera de entrada, como si algo hubiera querido dejar su marca. El miedo se apoderó de él.
Empezó a asegurar puertas y ventanas por las noches. Dejaba una linterna cargada y el rifle apoyado junto a la cama, aunque nunca había tenido que usarlo.
La noche decisiva llegó envuelta en niebla. El bosque era una masa gris espesa; la luna apenas se distinguía. Mateo estaba sentado a la mesa, terminando de cenar, cuando escuchó un ruido distinto. No venía del bosque, sino del lateral de la cabaña: un roce, como uñas deslizándose sobre la madera.
Mateo contuvo la respiración. Luego, un fuerte golpe contra la pared. El corazón le latía con violencia. Apagó la lámpara, tomó la linterna y el rifle y avanzó despacio hacia la puerta. El sonido cesó, pero a continuación se oyeron pasos muy cercanos.
Abrió la puerta apenas unos centímetros. El aire nocturno entró frío y húmedo. Apuntó la linterna hacia el bosque.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí fuera? —gritó, con la voz quebrada.
Avanzó un paso, luego otro. Cada crujido del suelo sonaba como un disparo. Rodeó la esquina de la cabaña siguiendo el ruido… y entonces lo vio.
La criatura estaba agachada junto a la pared, iluminada parcialmente por la linterna. Medía más de dos metros. Su cuerpo delgado estaba cubierto por una piel gris oscura, similar a la corteza de un árbol. Las extremidades eran largas y desproporcionadas; los dedos, excesivamente largos. No tenía pelo.
La cabeza era alargada, ni humana ni animal. Sus ojos, grandes y hundidos, carecían de expresión. No tenía nariz visible. Cuando abría la boca se apreciaba una hilera de dientes pequeños y afilados. Olfateaba el suelo.
Las piernas de Mateo temblaban. La criatura levantó la cabeza lentamente y clavó sus ojos en él. Durante unos segundos ninguno se movió. Entonces emitió el mismo sonido que Mateo había escuchado tantas noches.
Mateo retrocedió un paso. La criatura reaccionó de inmediato, incorporándose. El vigilante levantó el rifle, pero sus manos temblaban.
—¡No te acerques! —gritó.
La criatura dio un paso hacia él.
Mateo gritó y disparó. El estruendo rompió el silencio del bosque. La bala impactó en el pecho de la criatura, que lanzó un chillido agudo. No cayó; retrocedió tambaleándose y, con una velocidad imposible, se internó en el bosque.
Mateo cayó de rodillas, temblando. Pasaron varios minutos antes de atreverse a moverse. Entró corriendo en la cabaña, cerró con llave y atrancó la puerta. Permaneció sentado en el suelo hasta el amanecer, sin apartar la vista de puertas y ventanas.
Al día siguiente encontró huellas alrededor de la cabaña y manchas oscuras que no parecían sangre. La radio seguía sin funcionar.
Esa noche los sonidos regresaron. Esta vez no era uno: eran varios. Y ya no se quedaron en el bosque.
Mateo comprendió entonces que la montaña nunca había estado vacía, que él no era el único guardián de aquel lugar.
Las cámaras dejaron de grabar.
Y nadie volvió a saber de él.
Mateo desapareció para siempre.